2017:  "Año Montaña de la Concientización Ecocultural"

La más Bella y Majestuosa Reina

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Veintinueve de noviembre, doce y media del día: Apenas hay tiempo para almorzar este miércoles, puesto que tenemos sólo hora y media para volver al 61 y continuar con la clase de historia, y luego, en la última hora, continuar con la lectura del cuento del Conejo Roque, que el profesor Alarcón, muy perspicaz, siempre deja en suspenso para la siguiente tarde. Entonces sólo tenemos este tiempo para terminar de fabricar las lamparitas de botella de aceite para la noche. La Alameda ha quedado adornada de la mejor manera, y nosotros, en la Gregorio Malca, ya tenemos el reto de hacerla aún más linda.

Veintinueve de noviembre, cinco de la tarde: Salimos volando del 61, y por ahora se suspenden los zumbadores, chungas y trompos, puesto que tenemos el tiempo exacto para ir a San Mateo por unas ramas de sauce.

Veintinueve de noviembre, siete de la noche: Cena a la volada, y hay que ayudar a terminar de fabricar los arcos de plástico y las cadenas interminables en papel de cometa, ambos en color azul cielo y blanco.

Veintinueve de noviembre, diez y media de la noche: La hora es propicia para saltar la verja de los jardines de don Walter Gavidia y treparnos por unas cuantas ramas de la adolescente palmera. Una luz que se prende y… ¡fuga!  No obstante, la mitad de la misión está cumplida.  La otra mitad la logramos esquivando a los fieros perros de don Brisimí, justo allí donde empieza el camino empedrado que lleva a la “Crucita” de doña Rosita Regalado.

Treinta de noviembre, cero horas: Continuamos colgando los arcos de plástico de pared a pared, que cruzan la calle, clavándolos bien alto como para que no pueda arrasarlos la carpa de la camioneta del señor Collantes.  Las cadenas pronto las colgamos en nuestra fachada y se hacen una con las del Frigorífico por un lado y con las de tía Celinda, don Pedro, los tíos abuelos, doña Julita, el correo, doña Elodia y don Sixto, por el otro lado.  Mamá, subida a una escalera de magueyes, personalmente, se ocupa de colocar el más blanco de los mantos en el espacio principal de la fachada, decorándola con artísticos nudos. Asimismo, la pequeña repisa queda de una vez clavada en la parte inferior del mismo.

Treinta de noviembre, dos de la mañana: Quedan instalados los arcos sobre las puertas, hechos cada uno con un par de ramas de palmera atadas arriba con el mejor ramo de flores escogido para la ocasión. Y por su supuesto, con las ramas más largas conseguidas se colocan similares arcos de vereda a vereda, a lo largo de la cuadra entera. Igualmente quedan las latas de aceite llenas de tierra dispuestas con las ramas de sauce al filo de la vereda.  Mamá y papá, cumplida la misión, se van a descansar; y nosotros nos comprometemos a seguir ayudando al barrio: a doña Maura, a doña Olga, a doña Carmen, a doña Blanca, a doña Marta, a la madrina Rosita, a doña Shesho, etc.

Treinta de noviembre, cuatro de la mañana: Se vuelve a levantar mamá, junto con Aurelia, Inés y Chío, para instalar y encender las lamparitas fabricadas el mediodía anterior, artísticamente recortadas y pintadas; las mismas que son alternadas con las latas de sauce y las mejores macetas de begonias, geranios, costillas de Adán, orejas de elefante y la añosa fucsia, formando entre la pared y el filo de la vereda un hermosísimo callejón babilónicamente decorado. Mientras, con Carlos, Miguel y Andrés y el resto de la muchachada (Nena, Gordo, Chana, Tania, Fanny, Sandro, Mariela, Oscar, Facundo, Zenaida, Ramiro, Nando, Lily, Mily, Chino, Saúl, Panchín, Enzo, Nancy, Richard, Marco, Ramón, Martín, etc.), diseñamos la alfombra para toda la doble cuadra -desde el cruce con la Ponciano hasta el cruce con la Anaximandro-, hecha de aserrín, pintado previamente con añilina de colores, y salpicado de algunas flores.

Treinta de noviembre, cinco y treinta de la mañana: Papá termina de instalar y activar sus lamparitas luminosas giratorias de pececitos y felinos, y activa el tocadiscos, ambos adaptados a batería, pues ya se aproxima la hora. Mamá también, a punto, termina de colocar el cuadro tan venerado con la imagen de la Inmaculada ante el lienzo corrugado, colocando en la repisa una velita misionera.

Treinta de noviembre, cinco y cincuenta y tres de la mañana: Se escucha un alboroto en la esquina, la corona de la Virgen ha quedado atascada en un arco relativamente bajo. La preocupación de la madres Domi y Luisa es evidente, pues se ponen en actitud de oración; mientras, muy hábil, el padre Roberto, ayudado con un carrizo, y el esfuerzo de los cargadores hacen que la misma pronto se libere.

Treinta de noviembre, seis de la mañana: La hermosísima Patrona de Chota, con su peculiar estampa de esplendorosa reina, llevando siempre su cetro a la derecha y sobre su izquierda al Niñito Dios, tarda exactamente veintitrés segundos en cruzar nuestra fachada. Nos deja un año más su mirada protectora y yo quedo observando su largo cuello y la obra maestra en todo el metro y sesenta y cinco de su singular arte. Mamá se ha subido al balcón de enfrente y lanza alborozadamente el picadillo -trabajo de los últimos quince días- y los pétalos de las flores, recogidas en distintos campos por un sinnúmero de comadres. Así, entre cánticos, pasa la más bella y majestuosa de las reinas, alejándose hasta el final de la calle, es decir el campo de fútbol del Comercio, donde se acaba de instalar el circo. Entonces la procesión vuelve ante un solitario arco tensado allí por la solitaria casa de don Domingo López, justo donde se inicia el camino de pencas que lleva más rápido hacia la carretera a Chiclayo.

Treinta de noviembre, seis y treinta de la mañana: La Virgen de Chota queda instalada en el modernísimo, funcional y envidiable Frigorífico, que con sus múltiples luminarias nos sirviera en la amanecida para alistar la novena –a diferencia del resto de la ciudad que sólo cuenta con luz hasta la medianoche–. Allí, el Profesor Eduardo, mejor conocido como Profesor “Chueco”, responsable de las academias de gimnasia y marinera, ha preparado con prolijidad un hermoso altar, donde en seguida es oficiada la misa.

Treinta de noviembre, día de nuestra calle y de la segunda novena de la fiesta de nuestra Inmaculada, ocho y treinta de la noche, hora de la banda de músicos, con el infalible tío Artemio al bombo, y los huaynos, marineras y pasacalles que se adueñan de la cuadra. La retreta sigue el orden de la procesión, quemando castillos en cada esquina; es decir ha llegado bajando desde las cercanías de la acequia donde fuera encontrado muerto el Pereirita, próxima a Sinamos. La noche y la viandante fiesta nos revelan entonces a doña Vicenta con su caspiroleta, a Maruja con su huarinaque, al “Mazhana” con su palo de manzanas confitadas, a mamás con sus balayes y sus bebés a cuestas, a forasteros con sus dulces de membrillo, manjar blanco y coloridos algodones. Es la noche esperada durante el año, en que la cuadra es tomada literalmente por la algarabía, la misma que con mucha pena tiene que pasar luego de una media hora a la siguiente cuadra.

Treinta de noviembre, diez y treinta de la noche: La fiesta finalmente se adueña del amplio patio del frigorífico, donde todo es más jolgorio y la noche se completa con un par de castillos grandes y multitud de globos aerostáticos, y, nosotros, aprovechamos las circunstancias para endilgar caraguayes por los cuellos desnudos de las chicas de la Aplicación, o lanzar certeros balinazos con liga en el trasero de las del Sagrado Corazón; mientras una “vaca-loca” estallando, provoca de todo el mundo la estampida, terminando por alborotar y trastornar de una vez por todas tan memorable jornada.


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•Comentarios•  

 
+1 #1 Froy •24-04-2013 20:54•
Patronita de Chota no nos desampares aunque nosotros nos alejemos de ti.
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