2017:  "Año Montaña de la Concientización Ecocultural"

Cenizo

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Quedé en silencio observando a los intrusos, en total eran cinco incluyendo a la madre, la cual me miraba celosa y amenazante como quien dice ¡Ni te acerques!; a pesar de ello la alegría se apoderó de mí, ¡son hermosos! susurré... presurosa decidí buscar una caja o algo para que descansaran los visitantes que yacían en mi cama.

Intenté cogerlos, pero un maullido me detuvo, no lo pensé más y me acomodé en el espacio que sobraba, no podía hacer más bulla; Shitt!, les dije despacio, ¡Si papá se entera que están ustedes aquí, de segurito nos saca a todos sin ningún reparo!

Al tercer día por fin la gata permitió que sacara a sus pequeños a una caja de cartón, los observé: eran cuatro bellos gatitos, tres de ellos parecidos a la madre: blancos con manchas negras y el último de color plomito casi color de la ceniza, por ello le nombramos "Cenizo".

La noticia fue desapercibida por los demás integrantes de la familia, era usual para ellos; en cambio para Mélody, mi pequeña e inocente sobrina, fue una noticia extraordinaria; y rebosante de alegría, esperó con paciencia que abrieran los ojitos para poder jugar con ellos. Los cogía con tanto cuidado como si se fueran a quebrar y me preguntaba todo cuanto necesitaba para protegerlos.

Un día en su inocencia me dijo que quería bañarlos, yo sonreí ante la ingenua pregunta y le expliqué la manera especial de limpieza que tienen los gatos, su pregunta fue oportuna y a tiempo sino hubiera sido difícil detenerla.

Al pasar los días era gracioso verlos jugar, especialmente a Cenizo quien parecía esconderse cerca al fogón, provocando confundirse con la ceniza y sólo se distinguía sus grandes ojos celestes que nos miraban inquietantes. Cenizo llegó a ser el consentido de todos, especialmente de Melody, quien todos los días al llegar de la escuela lo buscaba para jugar, parecía hasta conversar con él contándole despacito lo que le pasaba y lo llevaba con ella al columpio que quedaba en la parte trasera de la casa.

Un día Mélody llegó cogiendo una bolsa con comida y huesos para los gatitos, lo había conseguido de un restaurante, pero por más que buscó por toda la casa no los encontró, corrió a preguntar a mi madre si los había visto y ella respondió: ¡Hoy los saqué al mercado y logré que me los cambiaran por cuyes!

-¿A todos? -con voz temblorosa Mélody preguntó.

-¡Ay, a todos! -contestó mi madre con voz fría.

- ¡Nooo! -un sonido agudo se escuchó, la pequeña corrió hacia mí y me abrazó muy fuerte.

Una tristeza embargó el ambiente, no era de extrañarse, en casa eso era usual, cambiar gatos por cuyes cuando crecían un poco y sólo uno quedaba para cazar ratones, la elegida había sido obviamente su madre.

Intenté explicar pero ya no servía ningún argumento; las gruesas lágrimas fluían por la carita de la pequeña e invitaban a unirse a ellas.

Quise hacer algo, pregunté a mi madre quién se había llevado a Cenizo pero ella no quiso responder… los próximos días fueron muy tristes, ya no se escuchaba las risas de los juegos… y casi todos quedamos en silencio respecto a lo sucedido.

Pasó el tiempo y el recuerdo de la dulce mascota seguía presente, recordábamos sus travesuras y Mélody rezaba siempre al dormir para que no le pase nada malo.

Un día del mes de mayo, la pequeña Mélody llegó muy alegre, me llevó hacia un lado y me dijo:

-¡Ya sé donde puede estar Cenizo!, tengo una compañera de la escuela que me ha contado que por su campo hay un gato que se parece a Cenizo, yo creo que puede ser él, ayúdame a encontrarlo por favor!

- Pero … será difícil hacerlo regresar, su dueña no lo permitirá y además aquí no se permite tener más de un gato como mascota… -Respondí instantáneamente.

- No importa -sonrió la pequeña- ya veremos; por lo pronto romperé mi cofrecito de mis ahorros por si necesitemos dinero, mañana que es sábado diremos que vamos de paseo y buscaremos a Cenizo!

Al día siguiente emprendimos la caminata, cerca al Iroz era a donde nos dirigíamos, el cual es uno de los picos más altos de nuestra ciudad; no fue fácil dar con la casa, llegamos casi al anochecer…

Una señora salió a abrir cuando tocamos la puerta: ¿Qué desean? –dijo con voz firme.

- Estamos buscando un gato color cenizo que según nos dicen usted, lo trajo del pueblo, queremos que regrese con nosotras, le daremos lo que nos pida.

-¡Ah ese gato! –exclamó- ya no está aquí, no me servía pa nada ni siquiera espantaba bien las ratas se sentaba en el fogón y parecía triste, mis perros siempre lo maltrataban… un día desapareció y mi comadre dice que lo vio cerca al árbol, dice que un tuco llegó y se lo comió enterito, enterito, y sólo dejó el pellejo… Ya murió ese gato, ya no insistan en buscarlo; si no le pasaba eso, seguro que los perros ya lo habrían destrozado, no sevía pal campo.

Ya había anochecido y parecía escucharse a lo lejos unos sonidos: tucuuu tucuuuu tucuuuuu

Nos habíamos quedado sorprendidas con lo que acabábamos de escuchar, la tristeza de nuevo nos embargó, agradecimos la información y regresamos, menos mal que la luna había salido adivinando que necesitábamos de ella para poder regresar.

Caminamos con pasos más seguros tratando de llegar a la carretera, mi pequeña niña hacía una serie de preguntas, unas eran fáciles de responder, otras sólo atinaba a mover dos veces la cabeza esperando encontrar respuestas, finalmente encontramos movilidad para regresar; miré a la pequeña: ¡Si nos demorábamos algo más de seguro nos castigan a las dos y a mí el doble! -le dije mientras subíamos al auto.

Llegamos a casa y encontramos a mi madre seria, pensativa y comentó:

- Necesitamos un gato para la casa. Hoy en la tarde apareció envenenada la gata en el terrado.

Corrimos hacia el terrado, la gata yacía inerte… lloramos, yo había crecido con ella, recordé muchas anécdotas, había tenido cuatro partos de los cuales en el último nos había dado ese gran regalo: Cenizo.

Un sonido brusco nos hizo volver a la realidad, un maullido agudo se escuchó y sorprendidas mirábamos y volvíamos a mirar, un gato callejero se acercaba: los huesos se le veían por el pellejo, su pelo maltratado, sucio y con  heridas…

-¡Es Cenizo!, gritó Mélody y corrió a abrazarlo, él le movió la cola pero se dirigió hacia su madre, se echó a su lado y se quedó dormido, pareció desfallecer…

No podríamos determinar cuánto tiempo estuvimos allí acompañándolo esperando su despertar, luego lo limpiamos, curamos sus heridas, le dimos de comer… y desde aquel día nos preguntamos  ¿Cómo hizo Cenizo para volver a casa?.

Ha pasado un año ya, Cenizo se ha convertido en un gato muy hermoso y cuando vamos hacia el fogón lo encontramos jugando confundido entre las cenizas, la mirada inquietante de esos grandes ojos celestes nos hace recordar su historia…

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