2017:  "Año Montaña de la Concientización Ecocultural"
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DE LO ABSTRACTO A LO CONCRETO

Walter E. Gavidia Benel

Aquel día, el profesor Eduardo Díaz Bazán, ingresó raudamente en el aula sanjuanista, el frío y el temor se refugiaron en el tuétano de los huesos, nos pusimos de pie ante su presencia y el nos devolvió el saludo: ¡buenos días muchachos! Efectivamente, hubieran sido buenos de no ser por el examen final de Geometría y si “Pitágoras” no hubiera llevado el registro de notas bajo el brazo.

Carlos, mi amigo y compañero de carpeta, había llegado temprano, hecho poco usual, si tenemos en cuenta que andaba enclavijado entre faldas y serenatas matutinas. ¡Pregúntenme lo que sea!, nos dijo ufano, que los teoremas en la mente los tengo agüita. Estaba contento y esbozaba entre sus labios una sarcástica sonrisa.

No cabía duda, los nidos de sus ojeras nos decían que el Golondrino  había pasado la noche en vela, estudiando, y no podía ser de otra manera, ya que era ésta la última oportunidad  que tenía para aprobar el curso, su pesadilla.

Instalado tras el pupitre, el profesor deslizó el lapicero sobre el registro de notas, lanzando al azar aquella puntilla que recaía sobre el nombre de algún desafortunado alumno.

¡Rubio Rivera! Llamó el profesor. ¡Presente! Carlos contestó. ¡A la pizarra! Ordenó el preceptor.

Vamos a ver Rubio, dijo esbozando una sonrisa y sin dejar de frotarse las manos, le hizo una entrevista con la finalidad de tranquilizarlo: ¿Sabes algo? ¿Has estudiado acaso? Es seguro que el profesor urdía una treta característica palomilla que era conocida.

Entonces Carlos respondió: ¡Profesor, injuria grave es la duda a mis ojeras, más aún si se sabe que la guitarra es hipotenusa aquí en mi pecho y mi canto, ángulo agudo frente al opuesto cateto del amor! Todos reímos ante esa ocurrencia que distendió nuestras neurálgicas cuerdas.

Por cierto, replicó el profesor sonriendo vas a probar lo que afirmas: a ver, Rubio, coje una tiza, dibuja un punto en la pizarra y luego me vas a decir ¿cuántas rectas pasan por dicho punto?

¡Cosa sencilla! Y dibujó un blanco lunar en la mejilla de la coqueta pizarra, le asignó una letra en forma de beso y sin pensarlo dos veces, le disparó una recta en el pecho, de arriba hacia abajo y de izquierda a la derecha, como si ensartara un corazón con su flecha.

¡Ya profesor! Le avisó y enseguida anunció su respuesta con seguridad y firmeza: ¡Pasa una y solamente una … Nada más!

Las risas inundaron el aula humedeciendo las bases de sus postulados más firmes.

¿Cómo que solamente una? Inquirió el profesor.

Comprendiendo que había subestimado la pregunta, rectificó Carlos su respuesta y disparó otra saeta que traspasó nuevamente el cardias del punto, de derecha hacia izquierda y enunció su postulado, esta vez, con vacilación y flaqueza: ¡pasan … dos y solamente dos, profesor!

¿Cómo que dos? Exclamó exaltado el profesor.

Carlos, desconcertado, volvió su mirada hacia nosotros, esperando el soplo solitario, pero solamente recibió la risa y el escarnio.

Mejor te sientas Rubio, le dijo moviendo a ambos lados la cabeza: dos te voy a poner y dos veces pasarás por el curso.

Sumido en el enredo, contrito y gacho, se encaminó Carlos hasta su sitio, llevando sus postulados sobre la parihuela de la sabiduría más vieja y estando sentado en la carpeta, le increpé en sus orejas de hornilla: Acaso no sabes que ¡por un punto pasan infinidad de rectas!

Sí, pues, me dijo, pero explícame hermano, ¿Cómo puede ser eso posible?, si en la pizarra el punto se tapa con el trazo de la recta primera, ¿por dónde pues van a pasar las otras rectas? Y así fuimos, del razonamiento abstracto al razonamiento “concreto”.


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