2017:  "Año Montaña de la Concientización Ecocultural"

El Rescate de "Montaña"

Imprimir
PDF

El día Lunes 03 de enero, los miembros integrantes de la Asociación A.C.E.R  “Montaña” salimos de paseo explorativo hacia la Comunidad “La Palma”, comprensión del distrito de Conchán, provincia de Chota (Cajamarca), con la finalidad de confraternizar, armonizar con la naturaleza  y recibir como se debe al nuevo año 2011.

Luego de visitar la chulpa del cerro “El Gavilán”, que está amenazada por una chancadora de piedra, continuamos nuestro camino en combi hasta el cruce de la carretera Tacabamba - Chetilla.

Con gorritas y mochilas a la espalda caminamos de subida por  15 minutos, disfrutando del paisaje, las moras y los poro-poros que ofrecían dadivosos arbustos, enredaderas y árboles que nos hacían sombra a través del zigzagueante camino.

Cuando menos lo esperamos llegamos a la laguna “Negra”, llamada así por el color oscuro de sus aguas y a la laguna del “Amor” por ser un corazón en fibrilantes latidos, para suerte nuestra estas habían quedado “aquishito” nomás, al ladito de la chocita y melga de Don Herminio Guevara, hombre hospitalario de franca sonrisa en los labios.


Desde la chacra pudimos contemplar que “La Palma” estaba en franca retirada ante el filo del machete, la hoguera del rozo y la picota. Las lagunas yacían expuestas en medio de las pampas cual quebrados espejos reflejando la nada, sus ondulantes aguas tiritaban ante el soplo del Wayra. En la cima de los pedregosos cerros sobrevivía la montaña, casi inexpugnable, cual último reducto de criaturas y entes míticos. Allí todavía revuelan los misterios, encantan las cudas, silban las vizcachas, saltan los venados y conejos y danzan las huicapas y zorrillos al son del tambor del mog-mog pum y los  minshulos.


Nuestra curiosidad se incrementó aún más por explorarla cuando el niño Yan Jarly, nieto de don Herminio, nos comentó que eso no era nada pues allí había lagunas ocultas y encantadas, grutas compactadas, tragaderos, y como si fuera poco un santuario “La Cueva de los Murciélagos”. Nos miramos perplejos y sin más demora partimos teniendo a Yan como guía, luego de obtener el consentimiento del abuelo.

Luego de conocer la “Laguna Verde” bautizada así por sus plantas hidrófilas nos dimos inesperadamente con un profundo tragadero cuya existencia era desconocida inclusive por el guía. Esta formación telúrica se había camuflado con yerbas, arbustos y árboles a la espera de una víctima. Nos aproximamos con cautela, alguien gritó ¡Niños no vengan! El tragadero abría sus fauces en la superficie de la tierra con un diámetro aproximado de diez metros, nos aproximamos con cuidado midiendo nuestros pasos para no resbalar o enredarnos en una liana que pudiera ocasionar nuestra caída. El hueco abierto en la roca caliza tras milenios por las aguas de la lluvia era profundo  cual un esófago que conduce al estómago de la tierra, el fondo no se veía, estiramos el pescuezo y nada, las paredes eran verticales, daba miedo ¿qué profundidad tenía? y ¿si tiramos una piedra?

En ese instante escuchamos una femenina voz que desde la maleza nos decía ¿Quiénes son ustedes? César murmuró ¡La Cuda! Iba a pegar la carrera, pero no fue así, pues tenía sus piernas iguales, era una campesina lugareña que había acudido preocupada por nuestra extraña presencia.

Nos identificamos ante ella y pronto establecimos amicales nexos. Tengan cuidado “taititos” con esos sitios, dijo, no se vayan a caer, además por  esos lugares hay serpientes, viven murciélagos y venenosas arañas, además en otro tiempo los abigeos y homicidas arrojaban en estos lugares a sus víctimas para que nadie los pudiera encontrar e identificar, siendo  por este motivo que los tragaderos son malos, lugar de gentiles y “mala muerte”, por eso ¡tengan mucho cuidado!, ¡y no les miento, pues vean el día de ayer por la tarde cayó una ternera en el tragadero que queda abajito a la vueltita del cerro!

No lo podíamos creer, hasta ese momento habíamos pensado que sólo era un cuento, pero no, teníamos cerca de nosotros otro tragadero que hacía honor a su nombre ¡Se estaba tragando a una ternera viva! Por lo tanto teníamos que acudir de inmediato para encontrarlo en flagrante delito.

Descendimos por una hondonada y encontramos a las dueñas ordeñando a las vacas.

- Buenos días señoras ¿Es cierto que ha caído una sus terneras en un tragadero?

- Sí, fijuste.

- ¿Dónde ha caído la cría?

- ¡Cate pue allá en el hueco!

Acudimos al lugar señalado y efectivamente en el fondo oscuro del tragadero se podía escuchar el balido desesperanzado de la ternera.

Mi papá ha ido en busca de ayuda, dijeron, para ver si la pueden sacar, ya no demoran; puesto que regresaría a eso de la una.

Los “Montaña” no podían ser indiferentes ante este singular acontecimiento, además había que solidarse con la mamá vaca que mugía y mugía, entonces pospusimos nuestro recorrido y nos quedamos esperando. Al poco tiempo estaban llegando como cinco comuneros portando sogas alrededor del cuello y  tras ellos preocupadas  sus chinas.

Nos pusimos de acuerdo tácitamente y conjuntamente iniciamos el rescate. Los comuneros cortaron dos árboles, uno fue colocado de canto a canto entre las fauces del foso y se lo aseguró con estacas; el otro fue cortado en tres para afirmar en el suelo el armazón de la polea que nunca cumplió su función y luego se alistaron las sogas. Todo estaba listo, pero ahora el dilema, ¿quién baja? Se hizo el silencio, nos miramos sin decir nada y empezaron en nuestras cabezas sesudas deliberaciones morales.


En ese momento recordamos lo que anteriormente nos había contado la campesina y nos dijimos  ¿Yo, voluntario? ¡Ni loco que fuera! Sí, esa era la mejor consigna. De  pronto de un salto se puso en pie Temi Gavidia, aún no sabemos si fue por valentía o porque le picó una hormiga, preguntando ¿Quién dijo yo?, ¡pero si nadie lo dijo! entonces empezó a enroscar la soga en su cuerpo a manera de arnés. Al ver esta loable actitud Leonardo lo ayudó pues es experto haciendo nudos marineros.


Que bueno ¡Ya teníamos al irresponsable!, además de qué podía quejarse si le pasaba algo, además entre nosotros ¡era el que más había vivido!, comentó  riéndose alguien. Pero claro en ese momento daban las vivas y hacían arengas para encender el negligente  valor  o el arrojo.


Estando todo casi listo, se dio inicio al descenso por la garganta del hambriento tragadero. Los comuneros y los miembros “montaña” sujetaban en fila la soga que felizmente era gruesa, pero ¡Caramba!, estaba por partes raída, como cashcada por ratones,  por si acaso, ¡háganle un nudo encima!, ¡Qué consuelo!


La soga reptó hacia el fondo del hueco tras el peso. Temi descendía de a pocos mientras Manuel filmaba la cita, bajaba con cautela, alguien preguntó ¿lleva casco? No, es la pelada de su calavera. Empezó a limpiar la entrada obstaculizada por malezas y a quitar las piedras preparando el terreno para el  rescate y asegurar su salida. ¡Suelten soga, suelten soga!, gritaba, de pronto cayeron unas piedras ¡Ya pue lo mató el maldiciao a la ternera!, gritó alarmada la dueña. Por suerte Temi estaba ileso y seguía descendiendo.


Las paredes del esófago de piedra se proyectaban verticales y estaban húmedas, de color oscuro tapizadas por el musgo, en ellas sobresalían estalactitas que se adosaban como venas en la mucosa caliza de la roca. El ambiente era tétrico, en el fondo se asentaba la penumbra y desde allí subía un olor de madera pútrida de sarcófago.  ¿Sería el piso seguro?, pensaba, ¿Qué otras cosas habría en ese estómago de la Tierra?

Los gritos de Milton lo sacaron de sus cavilaciones ¿Ya viste a la ternera?, pero ésta no se veía, sólo se escuchaban su angustiados balidos ¿Acaso yacía herida o parcialmente sepultada? No lo sabíamos.


¿Cuánto falta, cuánto falta? Seguía preguntando desde lo alto pues se  habían  terminado las sogas, ¡Diez metros, diez metros! Se escuchó en el fondo ¿y ahora qué hacemos? ya no tenemos más cuerdas para piezarla, ¡Saquemos entonces las sogas de las vacas!, sugirió atinadamente Ángel.

¡Un poco más, un poco más! y ¡Ya! Al fin nuestro explorador pisó inseguro lo que parecía ser el fondo de la entraña. Estaba cubierto por troncos, raíces de árboles y malezas que los campesinos habían arrojado sistemáticamente a través del tiempo con la finalidad de ocluir el tragadero. Miró en derredor y la ternera no estaba, saltó Temi sobre ese artificial colchón y felizmente no se hundía, parecía seguro, ¡qué alivio! Ahora sabemos porqué la ternera no murió tras la caída, pero, si ella  estaba viva ¿dónde se encontraba?, y ¿por qué zumbaban en el fondo unas moscas?, ¿es que acaso debajo de la maleza había algún muerto? No lo sabremos.

Imitando el mugido de la vaca Temi llamó a la ternera y esta le contestó desde el fondo de una galería secundaria que se profundizaba oblicuamente siete metros más abajo. Sacó su linterna y prosiguió el descenso por ese pasaje que gradualmente se iba reduciendo hasta llegar a un foso de ingreso muy estrecho, en su interior estaba la ternera con algunas magulladuras y raspetones en la piel y una imperceptible cojera, pero por suerte ilesa.

Analizando la difícil situación concluyó que era imposible que una sola persona pudiera ampliar el orificio de salida y sacar a la ternera, siendo necesario volver a la superficie para informar y volver con más rescatistas.


Los comuneros Videlmo Cieza de la Palma y otro cuyo nombre no recuerdo pero que es natural de Colpatuapampa, decidieron bajar siempre y cuando lo hicieran juntos para poder ejecutar el rescate. Llevaron consigo sacos de polietileno, cuerdas y por si acaso un afilado cuchillo si es que no fuera posible sacar viva a la víctima. Ante esta posibilidad les pedimos sea éste el último recurso.


Estando frente al objetivo los rescatistas optaron por ampliar la entrada del foso golpeándola con una piedra, cediendo la caliza y pudieron sacar del foso a la ternera, la condujeron hasta la base del tragadero y allí la maniataron, amarraron y cubrieron con saquetas su cuerpo preparándola para la salida.

Desde lo alto todos los presentes halaban al unísono, poco a poco, al mismo tiempo las tres cuerdas pues los rescatistas iban acomodando el cuerpo del vacuno por el rocoso trayecto. ¡Jalen, jalen! nos decían y cuando alguno se sentía rezagado y un poco tímido gritaba ¡A yo, a yo! como si fuéramos a dejarlo por siempre en aquel hueco.



Al fin los dos comuneros y la ternera llegaron a la superficie de la vida y los ayudamos a salir dando vivas por la alegría. Desatamos a la ternera que yacía estresada, se puso de pie, la bautizamos con el nombre de “Montaña” y corrió feliz directamente hasta a la teta de su madre que mugía.


El rescate duró aproximadamente tres horas y gracias a todos los esfuerzos terminó con éxito, el día nos había deparado una hermosa aventura que la recordaremos por toda nuestra vida, estábamos felices y brindamos con leche recién ordeñada que nos brindó la vaca agradecida.


 

Video del rescate por lente Montaña


Cobertura de la Noticia por Frecuencia Latina

Fuente Video: El Comercio.pe

Artículos relacionados:

Réquiem por Blanca

El juego de Colorado

Cenizo

Escribir un comentario

Use letras minusculas en su comentario.
Use un lenguaje respetuoso, caso contrario el comentario será descartado.


Código de seguridad
Refescar