2017:  "Año Montaña de la Concientización Ecocultural"

La Primera que me mostró el Ojo

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No es que coma tanto, pero ese día habían coincidido en preparar dos de mis platillos favoritos. Así, aprovechaba mi tercera sopa de pepián con gallina de corral y ya creaba espacio en mi festejante estómago para el segundo de alverjitas con chicharrón de chancho… cuando, ante la enésima molestia de mi tía –a quien abandono una vez más en la mesa–, acudo al llamado de Glendy, quien me silba desde la puerta de la calle con apuro evidente: ¡Vamo caminando a la jalca de Conchán, tengo que conversar con mi hermano!, me dice. ¿Ahorita, con este solazo de mediodía? ¡Como siempre estás loca!, le respondo. Invariablemente siempre había sido así. En caminatas inopinadas, le bastaba con buscarme a la hora que fuere y terminábamos gloriosamente con rumbo añonde (adonde sea); sin embargo, esta vez, me inquietaba más tener que dejar mis alverjitas de ensueño servidas sobre la mesa. ¡Vamo… ahitá... y bajamos hasta el Ojo de agua, que siempre has querido conocer!, me dio la estocada.

Cuarenta minutos después, luego de llegar en un taxi hasta la salida del Túnel Conchano, emprendimos la escalada hacia la fila (cumbre) de Conchán. Aventurar en lo desconocido de nuestra propia tierra es delicia siempre impostergable.

Media hora más, a mitad de la cuesta, agradecíamos a una pareja de amistosos viejecitos el café hervido con mote arrecho que nos brindaban gustosamente y que significaran el almuerzo para Glendy; siendo incomprensible para ellos nuestras anecdóticas risas cuando yo estuve a punto de tomar la bebida, que lucía fría, y de pronto que se revuelve en briosa panza blanca una enorme araña muerta dentro en mi taza. Los ancianos resultaron ser parientes no sólo de Glendy, sino también de mis ancestros.

Una hora después de calcinante caminata llegamos a un sitio desde entonces inolvidable: las piedras Padre-Curas de Chuyarpampa; que son dos formaciones pétreas verticales de unos tres metros de altura, a manera de dólmenes, una de ellas con un singular forado ovalado por donde podemos asomar el torso y quedar lítica y prehistóricamente enmarcados.


Luego de avanzar siempre arriba atravesando el bosque por un pasaje abierto por los leñateros en su lucha diaria por acabar con la temida montaña, a eso de las tres y media de la tarde logramos por fin la cumbre; siendo el regalo inmediato, allí en lo más alto, la visión del pueblo de Conchán, que particularmente me dejó enamorado, al contemplarle al fondo y dentro en el otro lado de la cordillera, acunado en un valle de verdor inmarcesible. Glendy, descendió como una chiva loca en un solo carrerón (carrera) hasta donde se encontraba su hermano. Conversaron no sé de qué y tal vez por tan sólo un minuto, que apenas pude acercarme para saludarlo a unos cincuenta metros desde el incipiente camino abierto entre las cortaderas; cuando ella, igual de presurosa y viniendo a mi encuentro, dijo ¡Listo, vamos!, encaminándome hacia el Ojo de agua, a una hora más abajo, en dirección al poblado de Conchán, donde nace el río de su nombre.

Acá, la maravilla de la naturaleza, se abre otra vez ante mis ojos, en impresionante, larguísimo y tendido velo de novia, que forma el burbujeante manantial, ciertamente pequeño, tras liberarse del seno de la roca, incrustado en la falda de la montaña. Al puquial u Ojo de agua, observámosle con mucho cuidado y a prudencial distancia, muy temerosos de la reinante Cuda (duenda o ninfa del manantial), que bien puede manifestarse y espantarnos en cualquier momento. Así, a buen resguardo y con la tarea cumplida, nos tomamos el tiempo necesario para completar el disfrute de la naturaleza, antes de concluir la aventura.

Entonces, y a pesar de que lo deseábamos, bajar al pueblo de Conchán se hace prorrogable, debido a lo avanzado de la tarde y la poca ocurrencia de movilidad en esa zona de la provincia de Chota; por lo que enderezando el camino salimos hacia la carretera en la zona de Chames, donde un volquete de la Municipalidad Distrital de Conchán nos devuelve a Chota, con el sol de ocaso jugueteando a aparecer y desaparecer entre los colosales eucaliptos de occidente.

Y ante tanta belleza, imprevista para una sola tarde, me queda hacer la promesa de volver pronto, pero con más tranquilidad para deleitarnos mejor en estos hermosos lares.

Diez años después, con la reaparición de Glendy vuelta de la costa, en 2009, con muchas caminatas a cuestas y algunos retornos al manantial, y haciendo las infaltables bromas con el grupo de amigos en un velorio, les cuento esta historia presentándoles a ella como la primera que me mostró el Ojo. Entre las risas maliciosas, Glendy, muy suelta de huesos, como es ella, replicó: Así es… y desde entonces, del susto, te quedaste tuerto.

Crónicas de un Andagriego (Capítulo I)

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