2017:  "Año Montaña de la Concientización Ecocultural"

¡Achichín... Ha dormido con la Misha!

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Tras cuatro horas de intensa caminata, dimos con Mara el esfuerzo supremo para alcanzar la cima del Iroz, cúspide del distrito capital de Chota, justo al instante preciso en el que el sol terminaba por ocultarse mágicamente tras las montañas del lejano distrito de Huambos. Habíamos cumplido nuestra meta trazada, mientras que el resto de los veintiún caminantes, sólo disfrutaron los colores encarnados y violáceos que regala el post-ocaso.

El objetivo, además de repartir en los pobladores la ropa colectada a través de nuestra campaña contra el frío, era el de pernoctar en el lugar y hacerle compañía al majestuoso Iroz, el mismo que se halla hacia occidente de la ciudad de Chota, por sobre el caserío de Chuyabamba y su hermano menor el apu de Condorcaga.

El Iroz cuenta con dos picos: uno occidental, adonde alcanzamos el ocaso, y desde donde volvimos a vibrar en aristotélica clase con el reconocimiento de las cumbres tutelares chotanas, desde el horizonte oriental de ceja de selva hasta el opuesto que se profundiza en el occidente costero, como la cordillera de Tarros hacia el norte y la de las lagunas de Cajamarca hacia el sur; asimismo, desde este pico, coronado siempre por el alverjal, y con sólo girar la cabeza, se tiene la singular visión de las ciudades de Cutervo, Cochabamba, Santa Cruz y Chota. El otro pico del Iroz, el oriental, es escenario impensado de la presente historia.

Y ya que se trataba de festejarle a nuestro apu más alto, cuando rondaba ya la medianoche, cantábamos todos en inverecunda mancha, en casa de aquella familia, cuyos integrantes, especialmente los niños, no terminaban de expresar su sorpresa y contento ante la aparición de tan extraño grupo que había tomado por asalto parte de su vivienda, uniéndose dichosos al insomnio de la inesperada cantata. Atiza que atiza, nos turnábamos para apurar la enorme olla con el cafecito de lanche (hoja aromática), que ya llevaba más de dos horas sin terminar de hervir. Sopla que sopla, avivábamos el fogón, enfrentado en tenaz lucha con el feroz viento, que amenazaba con arrancar en cualquier momento el pesado y cimbreante techo, y llevárselo, quién sabe, cual etérea y simbólica hojita de aliso. Tanta era la presencia eólica y tanto el frío, que cuan pronto estuvo el cafecito, me apuré a endilgarme tres tazas sucesivas de hirviente bebida sin que mi esófago lo supiera.

Entre canción y canción, los compañeros se iban acomodando y arropando con la paja de alverja; mientras los más suertudos, que habían ganado un espacio cerca al fogón, negociaban con éstos en inverosímiles transacciones sus eventuales posesiones adquiridas incluso sobre las tuzas, nunca antes mejor codiciadas. Mara y yo, por condescendientes –Rojo, diría que por gafos–, nos helábamos el alma a uno y otro lado del portal, cuyas gruesas rendijas colaban el aire más gélido jamás experimentado, que ingresaba pertinaz y sin consentimiento girando por sobre todo el grupo hasta escapar libremente por la ventana sin puertas ubicada por encima de la fogata.

En cierto momento, debido a la hipotermia, dejé de sentir mis pies, comprobándolo al taconear dura y anecdóticamente el uno con el otro, sin respuesta sensitiva. Esto me preocupó sobremanera, y, menos mal, que a Mara, con iguales apuros, se le ocurrió salir fuera de la casa para estirarnos un poco. Nos siguieron Juan Martín y Arbulú; ataviados todos de similar manera, es decir con polo, chompa, casaca gruesa y envueltos con una frazada rematada en capucha para evitar que nos zumbe las orejas… frazada que, ante la descomunal fuerza de Eolo, que arrecia en agosto, su mes predilecto, quedó reducida a ligera capa, pueril y veleidosa.

La caminata, en medio de la vendaval oscuridad, devolvió no obstante la vida a nuestras extremidades; preocupándole al púber Arbulú ya no el frío penetrante de la azabache noche, sino la aparición de la tenebrosa Cuda; implorando a Juan Martín a dejar por favor de invocarla: ¡No quiero que me lleve a su laguna!

La casa y todo el lugar del recorrido se encontraban como acunados entre las dos cumbres que conforman el Iroz, y fue por ello que se me ocurrió proponerles ascender hacia el pico que aún no habíamos visitado, el oriental, desde donde nos maravillamos con la visión nocturna de la ciudad de Chota, cuyas luces unidas a la de sus campiñas la convierten en una súper ciudad. Ante tal espectáculo, se le ocurre a Mara la otra soberana idea: Pasar la noche allí… sobre el pico de tres mil metros de altura, a cielo abierto, y en contacto directo con el firmamento. Medio en broma y medio en serio, asentimos todos y el reto quedó suscrito.

Al volver a la casa por nuestras mochilas, todos se unieron a la locura; aunque a la hora de la verdad, iniciada la marcha, de los veintiuno, diez prefirieron el abrigo de la fogata y las posesiones tan codiciadas que habían sido abandonadas, volviendo en compañía de Jhony.

Era la noche del 4 al 5 de agosto de 2007, la noche que en la cima del Iroz se haría eterna. Manuel, Marilú, Loli y las dos Doris estuvieron entre quienes nos siguieron. Y si habíamos sentido frío extremo en la casa, para saber lo que es el frío a cabalidad, no hay sino estar una noche en la cima del apu mayor, literalmente, desamparados ante el viento. No hay mejor forma de transmitirlo.

A los chistes, que como nunca se agotaron, y entre los cuales estaban los colorados de Arbulú que incomodaron tanto a Marilú, sólo el contar las mil y un estrellas fugaces iluminando el firmamento en la más increíble y olímpica noche de pirotecnia, fue el impulso que alimentó nuestro ánimo para no abandonar el reto.

Pero –como tal vez ya estaba escrito–, el premio mayor nos aguardaba en la visión del más espectacular de los meteoritos jamás imaginados… aquel que, en medio de la serenísima noche, marcó el cénit con una gigantesca estela, efímera y a la vez eterna, de por lo menos diez kilómetros rayando nuestro despejado y estrellado cielo. Los once desaforados, dispuestos en montón, entrelazados como mejor podíamos, completamente arropados y dejando apenas los ojos al descubierto, de un sentón, incrédulos, terminamos preguntándonos y reiterándonos los unos a los otros: ¿Lo vieron…, lo vieron…? La emoción ante el cuerpo celeste es indescriptible, cuando nuestros cuerpos liberaron un pequeño temblor: ¡Sí… sí!

Las ansias de volver a registrar algo semejante nos dieron la esperanza y también poco a poco el resignado descanso; pues, más allá del intenso frío y de que el cielo de pronto se nublara, pudimos sentir claramente a la menuda llovizna posarse sobre nuestras frazadas. Y a esas alturas, la resistencia era la única opción, ya que por nada podíamos volver a la casa derrotados. Aunque, al final de cuentas, la llovizna resultó ser sólo una falsa percepción; haciendo que a las cinco y media de la mañana, hora en que el frío se torna intolerable, levante yo a todo el mundo a estirar de nuevo las piernas, echando primero a trotar torpemente y luego a correr entre aturdidos y alborozados por los alterados filos de la sobresaltada montaña.

Nos llegó entonces hasta la cima una inmensa nube negra –antojándoseme cual surreal trasatlántico– que, ascendiendo desde el valle, nos traspasó el alma con el golpe polar de otro frío igualmente desconocido.

Y al final de la desvelada, muy cierto es que habiendo “disfrutado” nosotros de la suave pampita –aún sobre la cima y bajo el sideral frío–, habíamos logrado mejor descanso que los que quedaron en la casa y amanecieron ya sobre un duro colchón marcado por los pasos en el piso de tierra o ya sobre las incomodas tuzas tiradas por doquier. Una vez llegados a nosotros con el incipiente sol de la bien entrada mañana, hay que ver sus adoloridos esfuerzos tratando de acomodar sus huesos frente a nuestras risas disparatadas. El alegrarnos sin zapatos al comprobar en nuestros compañeros cercenados sus pies, revivió finalmente a Manuel, quien me sentenciara: Otra vez lo pienso dos veces antes de volver a hacer esta gafera (risas)… que ha estado chévere (más risas); pero igual ya no vuelvo a creer en tus afichitos publicitarios con carpita y fogoncito incluidos. Eran los días de las primeras prácticas de Firework que me facilitaron luego el diseño y la creación del logo Montaña.

Pasado el almuerzo de campaña y emprendido el retorno a Chota luego de repartir la ropa colectada, descendimos en marcha hacia la chullpa de Churucancha y el cerro de Condorcaga. Allí no pude evitar el demostrar por enésima vez mi arrojo y entonces gran falta de responsabilidad y mucho de estupidez, al desafiar a este otro apu, volviendo a apostarme en mi autodenominada silla, ubicada en lo alto de aquella rocosa navaja de doscientos metros de caída vertiginosa; tanto que Johnny, muy preocupado, ordenó a todos alejarse y avanzar de inmediato, para que nadie más ose siquiera pensar en imitarme.


Pasado el tiempo, en agosto de 2011, volvimos por aquellos lares llevando entonces nuestra caravana cultural de Magnitos y Anaximandros (teatro y poesía) hasta Pampacancha, centro poblado menor asentado al otro lado del Iroz, correspondiente al distrito de Lajas; allí volvimos a recordar la noche sobre el apu, mientras reíamos con las Locurrencias de Barrabás y Danilo (caracterizando al incorregible Melchor Tirifuga y al inefable brujo Ño Shírac, respectivamente).

Elevando la mirada hacia la montaña, pincelada por el alverjal, en un alto a la celebración comunal y con vigorizado orgullo, narré a los residentes que un tiempo atrás me había atrevido a “dormir” en la cima de aquel Iroz. Una señora, que atónita había escuchado, levantándose muy asustada se persignó ante mí como ante un compactado, diciendo como rehuir la presencia del cerro y encomendando sus manos al cielo: ¡Ay, taitito, dice que ha dormido con la Misha… Achichichín, el diablo hay (ha de) ser!

Misha: tal es el nombre con el que en Pampacancha se le conoce a la cima del Iroz; que algunos, como la señora, no osarían pisarla jamás, porque invariablemente es también aposento de la Misha, la Gringa… o la Cuda.

Crónicas de un Andagriego (Capítulo II)

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