2018:  "Año de la Promoción de la Chotanidad"

QUERORCO Y SU IDILICO BESO CON LA NIEBLA

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Sin querer queriendo, y fortaleciendo nuestra amistad con Manuel Campos Ramos, ratón de internet y amante de la flora nativa, un 5 de abril de 2008, reanudamos aquellas formidables exploraciones hacia los más impensados parajes de nuestro distrito, sacando a relucir esa fuerza inherente e insustituible de chotanos caminantes, orgullosos de nuestra áurea historia y verdísima geografía.

Así­, nueve años después, volví a abrazar con emoción a las Piedras Padre-Curas de Chuyarpampa, nombre que no conocía y me indicara Manuel. Monumentos líticos naturales de unos dos metros y medio de altura, y en particular uno de ellos con su singular orificio a manera de marco, que fueron motivo pendiente para volverlos a visitar y registrar con una mejor cámara fotográfica.

Sivingán Centro, y en particular la casa-tienda de la hermana de Manuel, se convertirían en el estratégico punto de partida a nuestras futuras exploraciones de toda aquella zona noreste del distrito chotano. Las Padre-Curas se hallan a cuarenta minutos de camino en la ruta que lleva a la fila o cima de Conchán.

Charlábamos amenamente en Chuyarpampa con don Atilano Heredia Coronel "Atilo" (uno de los más pintorescos exponentes de las bandas típicas chotanas), residente en el lugar junto con su hermano Estanislao "Tanico" (quien nos regaló la inolvidable estampa de la Yunta chotana en una instantánea de postal), cuando sentimos el llamado de la Niebla, visible en la parte más alta de ese lado de la cordillera, y acudimos a ella. Aprovechamos de inmediato el mediodí­a y ascendimos en busca de don Segundo, tí­o de Manuel, quien apuraba sus labores en medio del crudo invierno chotano.

Avanzando entre poroporos por caminos de herradura intransitables, producto de la tempestuosa lluvia de la víspera, nos internamos en la densa niebla, que a ratos nos envolvía de tal manera que no podíamos divisar, literalmente, nuestras propias narices.

Manuel hubo de sacar a silbos a su tí­o Segundo; quien, como en una virtual escena de Transilvania, apareció machete en mano, desconfiado y muy alerta, hasta que ya próximo a nosotros y tras reconocer a su sobrino, vertió entonces hacia nosotros toda esa amabilidad caracterí­stica de chotano.

La reina de todo era la Niebla. La novia era ella, hermosamente cubierta por su propio velo. Nosotros nos sentí­amos dichosos en su tul, tratando de develarla y agradeciendo su serenidad tan particular, la misma que nos hizo ignorar el frío, que sólo pudimos sentir ya una vez en las fotos. Recuerdo mi blanca camiseta Greece, aureolando junto con mi creciente orgullo helénico, al atravesar las zonas boscosas en medio de singulares especies de árboles adornados con tuyos (bromelias).

En el momento clave de la charla, de pronto, don Segundo, refirió que nos hallábamos sobre el más extraordinario mirador de los valles tanto de Doñana como de Conchán y Tacabamba, pero que ese mediodí­a neblinoso nos impedí­a disfrutar de toda esa otra maravilla.

De inmediato le pregunté: ¿Qué lugar es este? ¿En qué cima estamos? Me respondió: ¡Querorco!

Entonces mi alma se glorió, e hincándose de rodillas, besó el pasto mojado y mezclado con el barro de aquella cúspide, reverenciándolo mientras mi cuerpo introvertido se quedó estático. Había leí­do tanto de aquel apu en los libros, que nunca lo imaginé tan magnificado por la más hermosa de las nieblas.

No es difícil imaginar el embeleso, cuando el enamorado Querorco, eligiendo el momento mágico de la charla, con sutileza, supo levantar el velo de su novia, la Niebla, y darle un apasionado beso. Entonces, nosotros, fascinados, atestiguamos, tras la separación de los poéticos labios, la mágica visión del pueblo de Conchán, anidado en el profundo y verdí­simo valle, cuando por unos escasí­simos segundos la Niebla dejó aletear su velo.

Entregados a esta seducción, dejamos sentada la tarea de volver en verano para disfrutar también de la despejada atalaya.

No obstante, nuestro espí­ritu fortalecido, querí­a más, decidiendo bajar hacia el otro lado, para llegar al Ojo de agua del río Conchano. ¡Era una locura!, y más aún para mí­ que contaba con unas zapatillas que no tení­an un ápice de agarre, tanto que hice una aparición fantasmal deslizándome sin control hasta una familia de pastores, cuyo jefe nos encaró de inmediato afirmando que a los desconocidos acá los capturamos y no los dejamos hasta que demuestren sus buenas intenciones, refiriéndonos el intento de vejación por extraños que habrí­a sufrido una adolescente en días anteriores. Nuestra carta de buena conducta fue el apellido de Manuel y su parentesco con don Segundo. Al final, este señor nos aconsejó no bajar al Ojo de agua, debido a la lejaní­a y el peligro de los resbalones, certificando que no llevábamos botas de jebe y aseverando que nos perderí­amos indefectiblemente en la espesa niebla.

Convencidos, volvimos sobre nuestros pasos a la extraordinaria explanada de Chuyarpampa, agradeciendo a los olí­mpicos la travesía emprendida...

travesí­a que concluimos con una incesante, persistente y menuda lluvia, que nos acompañó hasta la ciudad, más allá de las diez de la noche, siguiendo la ruta Sivingán - Campamento - Puente Blanco - El Tuco - Chota.

La mamá de Manuel, no obstante, de paso por Sivingán, nos sirvió una deliciosa merienda con un calentito e inolvidable aní­s, antes de continuar la ruta de la lluvia.

Semanas después, con los primeros auspicios del nuevo verano y la suma de El Rojo, intentamos cumplir nuestra promesa a Querorco, volviendo sobre la ruta Túnel Conchano - Chuyarpampa, desviando la misma hacia la fila que tramontáramos en 1999 con Heidi, siguiendo la variante de Querorco, no la cima, hasta descender y volver a reencontrarnos con el Ojo de agua.

Lo anecdótico de esta nueva jornada fue haber llevado la flamante filmadora de mi hermano y grabar del larguísimo recorrido tan sólo unos minutos; puesto que, ignorante yo de su manejo, me habí­a pasado oprimiendo el botón de tomar fotos en lugar del de filmar. Aún sigo viendo las burlas de El Rojo, exhaustos en la sala, cuando más nos demoramos en instalarnos frente al televisor que en terminar de ver las pocas escenas que habían sido captadas por el igualmente sarcástico Manuel.

Crónicas de un Andagriego (Capí­tulo IV)

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