2017:  "Año Montaña de la Concientización Ecocultural"

Querorco y su Idílico Beso con la Niebla

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Sin querer queriendo, y fortaleciendo nuestra amistad con Manuel Campos Ramos, ratón de internet y amante de la flora nativa, un 5 de abril de 2008, reanudamos aquellas formidables exploraciones hacia los más impensados parajes de nuestro distrito, sacando a relucir esa fuerza inherente e insustituible de chotanos caminantes, orgullosos de nuestra áurea historia y verde naturaleza.

Así, nueve años después, volvía a abrazar con emoción a las Piedras Padre-Curas de Chuyarpampa, nombre que no conocía y que me indicara Manuel; estos monumentos naturales líticos de unos dos metros y medio de altura, y en particular una con su singular orificio a manera de marco, siempre fueron motivo pendiente para volverlas a visitar y registrarlas con una mejor cámara fotográfica.


Sivingán Centro, y en particular la casa-tienda de la hermana de Manuel, se convertirían en el estratégico punto de partida a nuestras futuras exploraciones de toda aquella zona noreste del distrito chotano. Las Padre-Curas se hallan a cuarenta minutos de camino en la ruta que lleva a la fila o cima de Conchán.


Allí mismo, en Chuyarpampa, charlando amenamente con don Atilano Heredia Coronel "Atilo" (uno de los más pintorescos exponentes del huayno típico chotano), residente en el lugar junto con su hermano Estanislao "Tanico" (quien nos regaló la inolvidable estampa de la Yunta chotana en una instantánea de postal), sentimos el llamado de la Niebla, visible en la parte más alta de esa cordillera, no pudiendo obviarla ni menos dejar de visitarla. Aprovechamos de inmediato el mediodía y ascendimos en busca de un tío de Manuel, quien apuraba sus labores en medio del crudo invierno chotano.

Avanzando entre poro-poros por caminos de herradura intransitables, producto de la tempestuosa lluvia de la víspera, nos entregamos a la densa niebla, que en cierto momento nos envolvió de tal manera que dejamos de divisar, literalmente, nuestras propias narices.

Manuel hubo de sacar a silbos a su tío Segundo, quien, como en una virtual escena de Transilvania, apareció machete en mano, desconfiado y muy alerta, hasta que ya próximos se reconocieron con su sobrino, y vertió entonces en nosotros toda esa amabilidad característica de chotano.

La reina de todo era la Niebla… la novia era ella, hermosamente cubierta por su propio velo. Nosotros nos sentíamos dichosos en su tul, tratando de develarla y agradeciendo su serenidad tan particular, la misma que nos hizo ignorar el frío, que sólo pudimos sentir ya una vez en las fotos. Recuerdo mi blanca camiseta Greece, aureolando junto con mi creciente orgullo helénico, al atravesar sendas zonas boscosas, en medio de singulares especies de árboles adornados con tuyos (bromelias).

En el momento clave de la charla, de pronto, don Segundo, refirió que nos hallábamos sobre el más extraordinario mirador de los valles tanto de Doñana como de Conchán y Tacabamba, pero que ese mediodía neblinoso nos impedía disfrutar de toda esa otra maravilla.

De inmediato le pregunté: ¿Qué lugar es este? ¿En qué cima estamos? Me respondió: ¡Querorco! Entonces mi alma se glorió, e hincándose de rodillas, besó el pasto mojado y mezclado con el barro de aquella cúspide, reverenciándolo mientras mi cuerpo introvertido se quedó estático. Había leído tanto de aquel apu en los libros, que nunca lo imaginé tan magnificado por la más hermosa de las nieblas.

No es difícil imaginar el embeleso, cuando el enamorado Querorco, eligiendo el momento mágico de la charla, con sutileza, supo levantar el velo de su novia, la Niebla, y darle un apasionado beso. Entonces, nosotros, fascinados, atestiguamos, tras la separación de los poéticos labios, la mágica visión del pueblo de Conchán, anidado en el profundo y verdísimo valle, cuando por unos escasísimos segundos la Niebla dejó aletear su velo.


Entregados a esta seducción, dejamos sentada la tarea de volver en verano para disfrutar también de la despejada atalaya.

No obstante, nuestro espíritu fortalecido, quería más, decidiendo bajar hacia el otro lado, para llegar al Ojo de agua del Conchano. ¡Era una locura!, y más aún para mí que contaba con unas zapatillas que no tenían un ápice de agarre, tanto que hice una aparición fantasmal deslizándome sin control hasta una familia de pastores, cuyo jefe nos encaró de inmediato afirmando que a los desconocidos acá los capturamos y no los dejamos hasta que demuestren sus buenas intenciones, refiriéndonos el intento de vejación por extraños que habría sufrido una adolescente en día próximo pasado. Nuestra carta de buena conducta fue el apellido de Manuel y su parentesco con don Segundo. Al final, este señor nos aconsejó no bajar al Ojo de agua, debido a la lejanía y el peligro de los resbalones, certificando que no llevábamos botas de jebe y aseverando que nos perderíamos indefectiblemente en la espesa niebla.

Convencidos, volvimos sobre nuestros pasos a la extraordinaria explanada de Chuyarpampa, agradeciendo a los olímpicos la travesía emprendida...

travesía que concluimos con una incesante, persistente y menuda lluvia, que nos acompañó hasta la ciudad, más allá de las diez de la noche, siguiendo la ruta Sivingán - Campamento – Puente Blanco –  El Tuco – Chota.

La mamá de Manuel, no obstante, de paso por Sivingán, nos sirvió una deliciosa merienda con un calentito e inolvidable anís, “ordenándonos” acostar de inmediato para no pescar un resfriado, cuando aún eran las 7 y 30 de la noche. Yo tenía cosas pendientes en Chota y Manuel no quiso quedarse, por lo que reemprendimos la ruta de la lluvia.

Semanas después, con los primeros auspicios del nuevo verano y la suma de El Rojo, intentamos cumplir nuestra promesa a Querorco, volviendo sobre la ruta Túnel Conchano – Chuyarpampa, desviando la misma hacia la fila que tramontáramos en 1999 con Heidi, siguiendo la variante de Querorco, no la cima, hasta descender y volver a reencontrarnos con el Ojo de agua.

Lo anecdótico de esta nueva jornada fue haber llevado la flamante filmadora de mi hermano y grabar del larguísimo recorrido tan sólo unos minutos; puesto que, ignorante yo de su manejo, me había pasado oprimiendo el botón de tomar fotos en lugar del de filmar. Aún sigo viendo las burlas de El Rojo, exhaustos en la sala, cuando más nos demoramos en instalarnos frente al televisor que en terminar de ver las pocas escenas que habían sido captadas por el igualmente sarcástico Manuel.

Crónicas de un Andagriego (Capítulo IV)

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