2017:  "Año Montaña de la Concientización Ecocultural"

Un Silencioso Grito llamado "Montana"

•Imprimir•
•PDF•

relacionado con... Querorco y su idí­lico Beso con la Niebla

¡Invita a noventa amigos para que acudan nueve!, esa pudo haber sido la consigna que tomamos junto con Gilberto "El Rojo", Manuel y Hercres para escalar la cima del Querorco, una vez llegado el verano, y disfrutar de la mentada visión prometida por el tío de Manuel, un mediodí­a de densí­sima niebla en el marzo pasado.

Tenía que ser un 7, a las 7 de la mañana, con una tolerancia de 7 minutos: 7-7-7, en la esquina de concentración (Gregorio Malca con Ponciano Vigil), lugar donde entonces yo viví­a, la misma que se convertirí­a en punto de encuentro y partida de las futuras operaciones de grupo.

Con el ánimo al tope y las mochilas rebosantes de ilusiones, partimos enseguida al paradero que lleva al valle Doñana, en busca de un móvil que nos conduzca hasta Sivingán. Junto con los tres excursionistas en mención, fuimos acompañados además por Juan Martí­n y tres damas que oyeron nuestra invitación: Marí­a, María José y Daisy. Algunos se quedaron tras llegar tarde a la cita, después lo supimos.

En el paradero, hasta completar la dotación de pasajeros, aún la combi habría de demorarnos un rato más, lo suficiente para desanimar a las Marías, quienes, despidiéndose y diciendo para otra vez será, de pronto hicieron el ademán de bajarse del vehículo; acto que impulsó al chofer a poner la máquina en marcha, justo en el momento que -y porque de pronto así­ estaba escrito- advertimos por la esquina a nuestro amigo el profesor Jorge Luis Dí­az Collantes, autor del Himno de Chota y del Himno de Tacabamba, llegando tranquilamente al paradero. Al vernos y acercarse explicó que el fiambre se habí­a demorado en hacerse, de modo que por si acaso había pensado en el paradero y a ver si aún nos encontraba. Entonces, sin más prórroga, partimos los nueve excursionistas con destino a Sivingán, donde nos esperaba Consuelo, la hermana de Manuel, quien con sonrisa franca y fortaleciendo la deliciosa costumbre, nos ofrecía una vez más el vitalizante desayuno chotano con el infaltable caldo verde, antes de emprender la caminata hacia la fundamental cima de Querorco.

Mientras Juan Martí­n gastaba sus ingeniosas bromas, recordamos ví­vidamente a Daisy, en medio de la candente mañana, lograr con su último aliento la empinada cuesta rocosa que prelude a la planicie de Chuyarpampa, donde nos esperaban como siempre estoicas las Piedras Padre-Curas, que se ganaron el afecto inmediato de los nuevos visitantes.

En adelante, hacia arriba, la geografía se transforma mágicamente, dando pase al bosque nativo, amenazado de manera sistemática por la colonización. Sin embargo, así­, agónicamente bello, pudimos apreciarlo a la vez eterno en su magnitud con el sol de junio.

Inolvidable, de igual manera, fue descubrir y tocar la primera chonta o helecho gigante y rendirnos ante su esbeltez y hermosura, comprendiendo de que el paraí­so que habí­amos tenido por Chota, apenas era el preámbulo a todo ese mundo real-maravilloso que se revelaba ante nosotros, un mundo más verde que el común de nuestra vida, pero que desgraciadamente seguí­a y seguí­a en un rumbo de degradación y desventura.

Marí­a colectaba todas las orquí­deas posibles, comparándolas con las de su Chulit natal, Hercres nos sorprendí­a con sus conocimientos de botánica y Jorge Luis empezaba a convertirse en una suerte de maestro, refiriéndonos, por ejemplo:

¡Huelan, esto es el añashquero, y es usado por los curanderos en las limpias!,

¡Esto es el pirgay y esto el muñuño, frutos silvestres que crecen libremente y que podríamos industrializarlos como vino o mermelada!, y

¡Esto el chilimar, un árbol apetecido por los hornos de la ciudad, al ser considerado excelente leña! Recuerdo que esto último nos dolió en el alma, y a mí­ en particular, tanto que quedé acariciando sus brillosas hojas, haciendo simbiosis con esta especie nativa, intercambiando parte de nuestros seres.

Ese fue el momento, sin la menor duda, que decidió el negocio que atesorábamos en la casa de Manuel, refiriéndome a las orquídeas que habí­amos extraí­do dos meses antes en el otro bosque de La Palma, y aguardaban el momento de ser vendidas al mejor postor, con la finalidad de solventar la edición de la revista gráfica planeada sesudamente con El Rojo. Pero no, Jorge Luis acabó de echar por tierra nuestros planes de negocio, al tiempo que muy convencidos mentalmente nos dijimos: En lugar de llevar plantas del bosque, en adelante traeremos, o mejor dicho reforestaremos con ellas mismas. Las siguientes semanas nos dedicamos personalmente con Manuel a buscar familias responsables que adoptaron con agrado a nuestras orquídeas.

Siguiendo con el dí­a de la caminata, un poco más arriba, nos internamos en un bosque más amplio, sorprendiéndonos y aprendiendo de la armoniosa convivencia de especies, particularmente de flora, donde las más grandes cobijan a las medianas, éstas a las pequeñas, las pequeñas a las más pequeñas y así­ hasta las aún más pequeñas, que tapizan de forma natural todo el espacio con un verdor que allí se siente supremo.

Recuerdo a María José trasuntándose cual una pequeña ninfa juguetona por entre los suros, tuyos (bromelias), lianas, pequeñas orquí­deas y líquenes acolchando los poderosos brazos de los robles, sallis, chilimares, lucmillos e higuerones.

Jorge Luis, por los caminos abiertos en la floresta, siguió con sus lecciones de proverbial maestro, tomando entre sus manos la tierra incomparablemente negra del bosque, sin mácula, enfatizando que era el humus de toda la historia antes de la llegada devastadora del hombre. La negra harina, que todos tomamos, se nos deslizó como juguetona y muy suavemente por entre los dedos.

Cuando alcanzamos el próximo claro en el bosque, abruptamente, unas macro explosiones nos despertaron del sueño de belleza, arrastrando nuestra vista hacia la cumbre opuesta, por sobre nuestra esmeraldada ciudad, resguardada por Clarinorco. Descubrimos y atesoramos a Chota en medio de aquella cordillera, coronada por Los Picachos de Morán; pero las nubes de polvo de las mineras de Hualgayoc, columbrándose en la cima, nos robaron de un tajo la sonrisa. No obstante, esa misma preocupación hizo que quisiéramos más a nuestra tierra.

La visión suprema la alcanzamos próximos a la meta, con la verde cima del Querorco emergiendo sobre la sublime espesura del bosque, y todo bajo el inmenso azul del verano, pincelado por los cúmulos de la imaginación sin medida.

Alcanzar la cima por poco fue alcanzar a Dios: dos alfombras esmeralda se tendieron ante nuestros ojos, una hacia el sur, "la del valle Doñana“ preludiendo a nuestra ciudad, y la otra hacia el septentrión "la del valle Conchano" proyectándose luego con dirección a Tacabamba y el resto del oriente de nuestra singular provincia.

Ver a Conchán, abajo y al otro lado, se nos antojó de inmediato como una hermosa joya a alcanzar; pero antes "estaba también escrito" nos caerí­a del cielo un libro en blanco, con una pluma y un pincel, con los que tendríamos que empezar a plasmar nuestra propia historia.

Instintivamente hicimos un ruedo sobre la cima bajo el sol, y, sin decirnos, supimos que esa iniciativa de caminar juntos tendría que continuar; supimos que así como las plantas que habí­amos conocido, habían muchí­simas más por inventariar; supimos que los ocultos venadillos y demás fauna nativa, tiritaban ante nuestra extraña presencia y que debíamos convertirnos en sus amigos; supimos que de pronto estábamos rodeados de cudas, ninfas, hadas y duendecillos del bosque a quienes de pronto nuestra charla interesó; supimos que habí­amos sido elegidos para hablar en nombre de todos ellos; supimos, en nombre de ellos, que tendrí­amos que pasar muchas barreras y que para salvarlas teníamos que seguir aprendiendo; supimos, entonces, en lo más sensible de nuestra conciencia y corazón, que el bosque estaba clamando nuestra ayuda con el más estruendoso y silencioso grito.

El consenso -que igual estaba escrito- le dio a Jorge Luis la razón: Amigos, hemos sido traí­dos hasta acá para ser testigos de la creación; este lugar, amigos, nos pide ser su voz y nosotros tenemos la oportunidad de hacer algo por él... y si nosotros hacemos ese algo por este lugar, entonces, amigos, seremos los Hombres-Montaña. Por ello mi propuesta es que, teniendo como testigo a este bosque nativo, a nuestro grupo le pongamos por nombre "Grupo Montaña".

La poesía habló. Unánime fue el verso, la alegrí­a y el abrazo. Y tan vitalizados quedamos con el compromiso y la nueva misión, que, en lugar de volver a Sivingán, decidimos alcanzar la joya allá abajo al otro lado del Querorco: Conchán.

Ese mediodí­a aprendimos a escuchar la música de la naturaleza, obviando en adelante artefactos humanos. Ese mediodí­a entendimos que habí­a más placer en la caminata trascendente, que en el placer por el placer de caminar simplemente.

La Montaña nos acompañó avanti en el nuevo descenso hasta casi llegar una vez más al Ojo de Agua de Conchán, donde una serpiente acuática nos dio la bienvenida.

El Túnel Conchano nos hizo sentir cerca de Doñana, cerca de casa, aprovechándolo para enviar nuestros mejores deseos.

El sol de la tarde, diluyéndose por Yamagara, nos dijo hasta mañana en el Meandro del Valle Conchano.

La primera gran caminata como grupo se habí­a coronado, junto con el ocaso que se consumía en los juegos infantiles del malecón del distrito, donde los flamantes Montaña no dudamos en liberar lo mejor de nuestras lúdicas almas.

Y cuando admirábamos apenas unos segundos la plaza de Conchán, tuvimos que correr hacia la camioneta 4x4 que, llegando de Tacabamba, nos devolvió sobre las ocho a nuestra plaza de Akunta, donde firmamos con grande emoción la primera hoja del aquel libro que nos fuera entregado en la cima de Querorco, aquel 7 de junio del año 2008.

Crónicas de un Andagriego (Capí­tulo V)

Artí­culos relacionados:

La Ruta del Querorco (Fundación del Grupo "Montaña")

La Ruta del Querorco (video)