2017:  "Año Montaña de la Concientización Ecocultural"
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LA PAMPA DE DON BRAVO

(1966)

Carlos Alberto Vigil Vásquez

Porque creo que debe quedar memoria de cómo fue Chota en la segunda mitad del siglo que se fue, es que me he puesto a recordar aquello que alcancé a ver antes que se diera el boom del progreso rumbo al 2000.

La inserción de los actuales Jirones Ponciano Vigil y Ezequiel Montoya marcaba, allá por 1962, el final de la ciudad por ese sector. Allí se había construido en 1946, el templo evangélico de El Nazareno y, al otro lado de la calle, destacaba la casa pastoral de la misma iglesia, amplia y con una hermosa y bien cuidada huerta. Desde allí, la actual primera cuadra del jirón Vigil era el inicio de un amplio camino que, entre corpulentos y elevados eucaliptos, pencas y geranios, conducía a la Quinta de don Pedro Coronado Arrascue, junto al río Chotano.

De otro lado, las actuales cuadras 6 y 7 del jirón Ezequiel Montoya eran apenas un camino que llevaba a la muy bonita Quinta de la familia Cusma, conocida por sus bien cuidados cultivos, su ambientación paisajista y la belleza de los pavos reales que desplegaban su multicolor plumaje por entre los jardines sembrados de rosas e infinita variedad de perfumadas flores. A la izquierda de aquel camino se alzaba la colina conocida como El Calvario, cubierta de maizales.  A la derecha, cercado por eucaliptos y alambre de púas, se hallaba un extenso terreno propiedad de don Máximo Bravo y, por ello, era más conocido como la “pampa de don Bravo”.

Este terreno, mitad sembrado de maíz y alfalfa y la otra mitad cubierta de pasto y trébol, perteneció anteriormente a doña Isabel Pérez viuda de Campos, dueña también de la hacienda de Montán. Recuerdo que era generalmente utilizado como inverna para las reses que, semanalmente, enviaba a Chiclayo don Hermógenes "Moge" Nuñez. Pero cuando no había ganado en él, se convertía en un lugar de esparcimiento para grandes y chicos. Viene a mi memoria las pintorescas escenas de agosto en las que se veía a grupos de señoritas sentadas en círculo sobre la grama, compartiendo el chisme del día, mientras sus hábiles manos  elaboraban primorosos tejidos a crochet o palillo; y en torno a ellas, el bullicioso juego de niños que, entre gritos y risas, intentaban atrapar las mariposas; en tanto que las jovencitas se entretenían buscando el trébol de la buena suerte o disputando un reñido partido de voleibol, sin net ni árbitro. Nosotros, los palomillas, siempre con la mirada puesta en las chiquillas que jugaban en la Pampa de don Bravo.

Una mañana de no sé qué día del año 1966, el estruendo de una poderosa explosión nos hizo saltar de susto en nuestras casa. Casi en el mismo instante, una lluvia de piedrecillas cayó sobre los techos, haciendo que más de uno se metiera debajo de la cama.

- ¡Virgencita santa! ¡Patrona de Chota! ¿Qué pues está pasando? -preguntó casi gritando doña Carmela Acuña que, como todo el vecindario, había salido a la calle con lo que tenía puesto, presa de pánico.

Al poco rato se escuchó otra explosión y luego otra y otra. Parecía un bombardeo. Pero no se trataba de un ataque aéreo de parte de los monos, como alguien llegó a suponer; tampoco una explosión por accidente. Averiguadas las cosas, se supo que aquella noche habían sido iniciados los trabajos de construcción de lo que sería el Hospital Regional, nada menos que en la Pampa de don Bravo.

Aquella obra había sido largamente esperada. Por mucho tiempo se creyó que sería construida en el descampado que existía en la intersección de los jirones Gregorio Malca y Ponciano Vigil, donde inclusive ya se habían marcado los cimientos; pero allí se construyó, un lustro después, el Frigorífico Pesquero Zonal.

Durante un año tuvimos que acostumbrarnos a las explosiones y lluvias de piedras. Poco a poco la pampa, el lugar de nuestros recreos, iba desapareciendo bajo el sembrío de concreto. Las estructuras iban cambiando el paisaje. Aquello, definitivamente, nunca más sería lo mismo.

Los viejos solían contar que desde mucho tiempo antes se tuvo el anhelo de contar con un Hospital. Hasta se referían a una construcción que se levantó en la pampa del cementerio viejo –terreno que hoy ocupa el I.S.P. “Nuestra Señora de Chota”- allá por 1915, y que permaneció sin techo y sin uso hasta su demolición. Más tarde, en 1942, el Presidente Manuel Prado promulgó la ley Nº 9705 que gravó el llonque, la cerveza, vinos y hasta la coca que se consumía en la provincia de Chota para dotar de rentas el proyecto de construcción de un Hospital. El Diputado Benedicto Cevallos saltaba en una pata de contento y escribía frondosas notas en su semanario noticioso La Verdad. Claro, su sudor le había costado lograr que el Congreso diera la Ley y -mayor mérito aún- le gustaba mantener informados a los chotanos de todo cuanto gestionaba en la ciudad de los mazamorreros. ¡Cómo han cambiado los tiempos!

Pero la Historia le deparó a otro Diputado el privilegio de hacer realidad aquel viejo anhelo. Victor Tantaleán Vanini volvió a canalizar con esfuerzo y entusiasmo aquel manoseado proyecto, consiguiendo una partida especial para la compra del terreno, hasta su culminación con el empleo de excelente tecnología y con el beneficio adicional de fomentar el empleo en la región – mayormente mano de obra-,  y la difusión de nuevas técnicas constructivas que fueron muy bien aprovechadas por nuestros albañiles. El diseño arquitectónico fue verdaderamente notable gracias al Consorcio Alemán representado por el Ingeniero Oswaldo Zegarra y Carlos Infante. Se construyó sobre un área de 18000  metros cuadrados, con una inversión de S/. 27 400 000. La implementación o equipamiento significó una inversión de S/. 19 350 000.

Sin embargo, una vez concluida la obra, no había presupuesto para ponerla en funcionamiento, por lo que el diputado Tantaleán Vanini y el Senador Carlos Malpica Silva Santisteban lograron que el Parlamento decidiera su puesta en marcha en 1968.

En Mayo de 1968 el presidente Belaúnde llegó a Chota para inaugurar lo que era, según dijo, el más moderno y mejor equipado Hospital de la región. Y claro que lo fue, pero…

Desde entonces la transformación y crecimiento de Chota ha sido incesante.  Como la de don Bravo, otras pampas también desaparecieron, ¿Se acuerda usted de ellas? La pampa del Tinajón o cementerio viejo, campo deportivo y eventual plaza de toros, desapareció bajo los cimientos de la Escuela Normal, hoy Instituto Superior Pedagógico “Nuestra Señora de Chota”. La Pampa de don Luchito Ruiz dio lugar a  lo que en un momento se llamó Asentamiento Humano “Alan García”, hoy Urbanización santa Eulalia. La pampa o campo deportivo del Instituto Agropecuario Nº 1 , en la 4ta cuadra del Jirón Ponciano Vigil, fue lotizado para formar una nueva manzana de casas y abrir el Pasaje Mario Díaz Sobrado. La pampa de la laguna de don Antonio Rubio Cieza fue escogida para construir el coso taurino “El Vizcaíno”. La pampa o plaza de toros, otrora campo deportivo, fue tomada para el Centro de Educación Inicial Nº 301; y los terrenos adyacentes sirvieron uno para la Escuela 85, hoy sede de la Dirección Sub Regional de Educación, y el otro para el Colegio Nacional de Comercio inaugurado en 1993. La extensa pampa otrora propiedad de los señores César Silva; Guillermo, Gilberto y Enrique Palomino Arana; Amelia, Elisa, Dorila y Alfredo Arana Vigil y Ernestina Delgado Vigil de Silva, terreno más conocido como la pampa de don Rosendo Delgado en Corepuquio, es hoy sede del Centenario Colegio Nacional “San Juan”. Y finalmente la pampa –o inverna- de lo que fuera la Quinta de doña Rosa Regalado, cerca al río San Mateo, ya lotizada para la urbanización que lleva el nombre de doña Rosita, recordada devota de la Cruz de Motupe.

Con la apertura de nuevas calles y el surgimiento de nuevas urbanizaciones, la ciudad va creciendo como también sus necesidades. Es que el aumento de la población plantea nuevos retos. Son las características de la nueva época. Total, ya hemos iniciado un nuevo milenio.

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