2018:  "Año de la Promoción de la Chotanidad"

El Agricultor Ambicioso

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EL AGRICULTOR AMBICIOSO

Walter E. Gavidia Benel

Semanario “Amor y Llaga” Chota

Agosto 27 del 2006


En la campiña de Chota vivía un agricultor llamado Fortunato, quien había construído su casa en lo alto de una lomita, desde allí contemplaba extasiado el verde color de su chacrita. El maizal crecía bonito por que había venido la lluvia y por eso esperaba tener una buena cosecha.

Todos los días cual solitario se levantaba temprano y a su sembrío bajaba silbando. Trabajaba duro, de sol a sol, desyerbando, aporcando, el sudor humedecía su chola semilla mientras las yemas de sus cobrizas manos se enraizaban en la tierra fecunda. Por la noche y estando cansado hacía cálculos bajo la luz mortecina de una incrédula vela y se decía: esta siembra cambiará mi vida ¿me volveré rico!, y a su tarima se iba contento a muspar su febril delirio.

Cierta noche cuando sus cansados párpados ocultaban ya el astro de sus ojos negro, escuchó el croar de las ranitas combando la oscuridad del campo que a cada golpe se hacía más profunda y el esporádico cric, cric de unos grillos como si mordieran la luz de las estrellas: ¡ya empezaron nuevamente esos bichos!, exclamó malhumorado, seguramente quieren hacer fiesta y rica comida con mi tierna semilla y eso jamás yo lo permito, mañana les daré su justo merecido.

Al día siguiente cogió la motobomba, mezcló su cólera con todos los venenos y fumigó la chacra de penca a penca. De aquella pócima letal no se salvaron ni los “chamsons”, basta con decir que Yanacocha quedó corta. Todos los animalitos de la tierra murieron asfixiados, intoxicados y don Fortuna se fue a casa satisfecho  a calcular ganancias y seguir soñando.

Y vinieron los siguientes días con alas de pájaros ligeros y el maizal enfermó de muerte, ya no adoraba al Sol con sus verdes brazos extendidos. Y ahora, ¿qué es lo que pasa, por qué los dulces tallos ya no danzan con el viento?, se preguntaba Fortunato rascándose la cabeza luego de levantar el sombrero.

Pero cómo no saberlo si en la chacrita ya no vivían los saltarines cantos que conjuraban a la lluvia, ya sin las verdes ranitas aumentó la nube de insectos quienes devoraron las hojas y tras los zumbadores élitros llegaron los picos volando en pandillas dando cuenta de las últimas semillas, en otras palabras, en el maizal cayeron las siete plagas de Chota. Frente aquel infernal castigo la madre lluvia optó por recoger su bayeta de neblinas y se marchó a otro lugar para dar lactancia a la sana vida, por eso es que el tierno maizal enfermó de muerte, aunque dicen más fue de soledad y por tristeza.

En la casa construida en la lomita lloró fortunato al ver destruida su chacrita y desvanecido su sueño de riqueza. Cuentan que al poco tiempo falleció con cáncer y sumido en la pobreza, solo una cérica vela acompañó su partida.

Por ignorancia y ambición cambiamos nuestras vidas y cosechamos triste desventura.

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