:Al poeta Dr. Anaximandro Vega Mateoda
Fue un miércoles de abril y anochecía,
cuando el búho cantó su malagüero
y cruzando el camino del potrero,
a un cholo con su burro se veía.
Era Eleuterio fuerte como el lloque,
cholo macizo, audaz y decidido,
se podía notar que era atrevido,
en sus ojos con brillo de choloque.
En su rostro tostado, estoico y frío
advertíase un ser sin aspavientos,
tal vez cargado de remordimientos
quizá con un vivir triste y sombrío.
Esa noche él venía masticando
su coca dulce y adormecedora
y como de costumbre a la misma hora,
en su burro traía el contrabando.
Dos barriles repletos de aguardiente,
mecíanse en el lomo del jumento,
el que con paso silencioso y lento,
consumía el camino indiferente.
El filudo machete a la cintura,
aquella noche negra chillaría
porque tal vez la muerte llegaría,
a acabar esa vida de aventura.
Atravesaban ya el estrecho río
y un rumor se perdió entre los carrizos,
más allá y apostado en los alisos,
había un algo oscuro e indefinido.
¡Alto..!, ni un paso más hacia adelante,
soy el recaudador... ¡Dame la guía..!
¿es contrabando, no..?, ya lo sabía,
te arruinaste conmigo indio farsante.
En una cruda y desigual pelea,
los dos hombres, cual fieras,
se ligaron y al luchar de tal forma
demostraron, que eran ambos de idéntica ralea.
Sacó el recaudador su colt, diciendo:
o arrojas el machete o te liquido;
no me asustas, gritó el rival altivo,
aunque a la muerte ya la estoy oliendo.
Una bala salíó del treinta y ocho,
y Eleuterio cayó dando un gemido,
revocándose como un chacal herido,
cuando quedóse inerte, eran las ocho.
Abrió la eternidad sus grandes fauces,
llevando para siempre al bandolero
y otra vez se escuchó por el potrero
el graznido del búho entre los sauces.
Chota, otoño de 1961
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