2018:  "Año de la Promoción de la Chotanidad"

EL CACHORRO Y EL SERAFIN

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Camina una fría tarde un cachorro desvalido,

por una concurrida  calle de esta  gran ciudad,

se le nota  lánguido y  muy rendido,

tenía  hambre y sed, necesita caridad.

 

La muchedumbre pasa galante e indiferente,

ante este desaire, el olvidado, no siente rencor,

tan solo desea de tanta gente,

un bocadillo, agua y mucho amor.

 

Sus patas tiritan, su cuello encorva ya,

los músculos y la piel le tiemblan,

su cola mueve un poco, caída pronto estará;

no hay misericordiosos que le atiendan.

 

Busca de un lado a otro; no hay amigos.

La soledad ensombrece su mundo,

es imposible resistir y ante solapados testigos,

se desploma el crío vagabundo.

 

El perro nunca abandona a su dueño,

¿Por qué el soberano lo desampara sin remordimiento?

El sabueso no renuncia ni en sueño,

¿Por qué el humano ignora ese sentimiento?

 

Cierra sus ojos, el cansancio es profundo,

una tierna vida está por marchar,

ya no habrá moribundo,

ni esperado cariño a quien negar.

 

Cielo y tierra ahora se contienden

por poseer este erario de la naturaleza,

pues guardianes quiere el Edén

y también el Mundo, aunque sea una rareza.

 

¿Habrá quienes entienden?

¿Que este animal por el hombre pide tenencia?

¿Acaso no ven

que es un ser digno de excelencia?

 

El siervo del prójimo ha caído,

                 ¿Dónde estás del perro, amigo fiel?

¿Querido amo por qué se ha ido?

Alcáncele al extenuado, el aguamiel.

            

Escrito está: “Pide y se te dará”,

una frase que el mundo espera con calma,

tranquilo cachorrito, pronto, tu anhelo llegará,

pues viene en camino tu serafín del alma.

 

Es un indigente anciano, que ermitaño sale del exilio,

trata de avanzar, aún con su paso lento,

ha visto al desconocido animal y se dirige en su auxilio,

se abruma al verlo, una lágrima se lleva el viento.

 

Lo anima a levantarse,

es  insostenible, tirado en el suelo está,

este noble, no puede pararse,

entonces, lo toma en brazos y se va.

 

Se dirige a su efímera morada junto al río,

con cuidado al huérfano lleva.

-Llegar a casa y darle de comer es lo que más ansío.

Cerca un zorzal con su silbo espera.

 

El viejo, un ser incondicional acaba de encontrar;

y el gozque, a un ansiado hermano;

ahora sí por fin a descansar,

la búsqueda y la larga espera, no han sido  en vano.

 

Ambos compadres, en algarabía,

desolados por ahora no estarán,

son una agradable compañía,

uno del otro siempre dependerán.

 

Algunas personas los tratan sin cordialidad;

no vislumbran las épocas de azúcar, ni las de sal,

y quién sabe algún día, aquellas, también pasen una calamidad;

ahí, recién concebirán, de lo que duele pasarla mal.

 

El longevo y el tuso, agachan la cabeza,

pues temen recibir golpes o desprecios;

pero aún así, no han perdido la fortaleza

de  subsistir, aunque les digan que son necios.

 

Mejor, evitan implorar por cobijo y comida,

aunque desamparados, solitarios; siempre se custodiarán;

para resistir de cada jornada, la fuerte embestida,

sin hacer batahola y sin ningún ademán.

 

El viejo y su camarada se enseñan,

a escoger y a buscar alimentos,

deambulan por el campo y la ciudad, se ensueñan,

y con modesto puchero, comparten bellos momentos.

 

A pesar de todo,

disfrutan de la enigmática y apacible  felicidad,

algo que cuantiosos no comprenden de algún modo,

que solo hay instantes para vivir con intensidad.

 

Pasan los días, se tienen gran cariño,

acontecen los años y el cachorro se vuelve adulto,

más el hombre envejece y se vuelve frágil como un niño,

el gran perro ladra y lo cuida con gran culto.

 

El anciano casi no puede andar,

el tiempo le ha dominado,

a cada momento se sienta a reposar,

observa a su socio muy apenado.

 

La criatura se arrima al hombre añejo,

lame sus manos, siente lo que es amar,

ladra y agita la cola; sonríe el viejo,

se ojean el uno al otro, se juran no abandonar.

 

Una noche de espejo cual blancas estrellas,

torpemente el señor se acerca a su querido leal,

le acaricia y lanza una querella,

el podenco gime, entiende que su amigo está mal.

 

El cosmos una vida pretende llevar,

es la del hombre o la del animal.

El anciano al infinito tendrá que viajar,

pide ir con su perro, su compañero ideal.

 

Un día de mayo, el río suena y el zorzal canta,

la voz del viejo no se oye, ha partido,

el canino lo sabe; aúlla dócilmente y se quebranta,

ha cerrado los ojos, ir con su hermano, lo ha conseguido.

 

Toda la gente ahora lamenta

este pasaje sucedido,

pues alguien como siempre comenta

de lo buenos que han sido.

 

Cuentan que estos amigos a veces aparecen,

como siluetas inocentes, avivadas por el viento; 

al llamado de otros ancianos solitarios que adolecen

o de varios perros olvidados y casi sin aliento,

para conducirlos a un lugar que se merecen,

en donde serán felices todo el tiempo.

Basado en un hecho real. Si se comparte, considerar la autoría. 

Gracias.

Christian Coronado Idrogo

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