Chocitas

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Hubo un tiempo que Atilano, autodenominado Barrabás, se ausentó de la asociación, y haciéndole la visita lo encontramos en la quebrada, a esta vera de su casa, extrayendo piedras para construcción. Ocurrente como es él, y alegrándose de vernos, nos dijo que habían adquirido otro terreno donde estaban muy ocupados en familia acarreando material para construir su nueva vivienda.

Corre el tiempo, y, luego de haber realizado sendas reuniones peripatéticas (aristotélicas), dirigidas tanto por Littman, quien nos explicó sobre la estación metereológica, como Iván sobre las antenas de telefonía móvil, ambas en la comunidad de Rambrán, volvimos a encontrarnos con Barrabás a nuestro retorno a la ciudad de paso por el puente de San Mateo:

- ¡Hola Barra! –le saludó Milton– ¿Qué haces por acá?

Puacá pue’ taititos… –respondió haciendo sus gesticulaciones de siempre y señalándonos su nueva edificación– terminando de construir la chocita.

- ¿Chocita? –se admiró Temi, observando la moderna construcción, aún sin acabados– ¿Chocita? ¡Esto es un chozón!

Todos echamos a reír, al tiempo que nos despedimos y continuamos nuestro ascenso a la ciudad por los exsenderos de la Crucita de doña Rosa Regalado.

La casa de Atilano tiene tres pisos, que van construyéndose poco a poco; pero a ritmo geométrico, en cada doblar de esquina por nuestra ciudad, nos chocamos cada vez más con enormes moles de cemento que van transformando y acabando la plácida idea de aquella Chota pueblerina, con casitas de techo de teja y a dos aguas y románticos balcones de madera torneados, que van postergándose, tristemente, al baúl de los recuerdos.

Así pues, elucubrando antiguas remembranzas, de seguro, los dejamos con la vista de nuestra contemporánea ciudad, elevándose cada vez más hacia el cielo, al ritmo de sus modernas chocitas.